Villette
Villette —Pero ¿cree usted realmente en la Biblia? ¿Acepta la Revelación? ¿Dónde están los lÃmites del descabellado e imprudente atrevimiento de su paÃs y de su secta? Père Silas vertió oscuras insinuaciones.
A fuerza de persuasión, logré que me explicara un poco esas insinuaciones; eran taimadas calumnias jesuÃticas. Aquella noche monsieur Paul y yo hablamos seriamente y de forma muy amistosa. Él expresaba y defendÃa sus ideas. Yo era incapaz de argumentar, venturosa incompetencia; se necesitaba una oposición lógica y triunfal para llevar a cabo todo lo que su director espiritual deseaba; pero yo sabÃa hablar a mi manera —la manera que monsieur Paul conocÃa— y él siguió mis divagaciones y rellenó mis paréntesis, y perdonó el extraño tartamudeo, que ya no le resultaba extraño. Me encontraba a gusto con él, y podÃa defender mi credo y mi fe como yo querÃa; en cierto modo, podÃa atemperar sus prejuicios. Cuando se marchó, no estaba satisfecho, apenas se habÃa apaciguado; pero habÃa comprendido que los protestantes no eran necesariamente los paganos irreverentes que su director espiritual habÃa insinuado; habÃa aprendido algo sobre su forma de honrar la Luz, la Vida, la Palabra Divina; y habÃa podido percibir en parte que, aunque su veneración por las cosas venerables no era exactamente igual que la cultivada por su Iglesia, también era poderosa, y quizá más profunda, y palpitaba en ella un temor reverencial todavÃa más solemne.