Villette

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Me di cuenta de que père Silas (quien, debo insistir, no era mala persona a pesar de ser el abogado de una causa equivocada) había estigmatizado oscuramente a los protestantes en general, y a mí en consecuencia, con extraños nombres, y nos había atribuido los más insólitos «ismos»; monsieur Emanuel me contó todo esto sin tapujos, con su habitual franqueza, mirándome mientras hablaba con un temor grave y afable, casi temblando ante la idea de que aquellas acusaciones fueran ciertas. Père Silas, al parecer, me había vigilado estrechamente y había descubierto que yo visitaba indistintamente las tres iglesias protestantes de Villette —la francesa, la alemana y la inglesa—, id est[379], la presbiteriana, la luterana y la episcopaliana. Aquella liberalidad, según el sacerdote, era una muestra de mi profunda indiferencia: quien tolera todo, razonaba, no puede ser fiel a nada. El hecho es que yo había reflexionado a menudo, secretamente, sobre lo minúsculas e insignificantes que eran las diferencias entre esas tres sectas, y sobre la unidad e identidad de sus doctrinas fundamentales: no veía nada que les impidiera unirse algún día en una gran Santa Alianza, y yo respetaba a las tres, aunque encontraba en ellas defectos de forma, obstáculos y trivialidades. Le conté a monsieur Emanuel exactamente lo que pensaba, y le expliqué que mi última invocación, mi verdadero guía y el único maestro que reconocía era la propia Biblia, antes que cualquier secta, con independencia de su nombre o de su país de procedencia.


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