Villette

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En seguida me convertí en el blanco de una retahíla de críticas más mordaces que educadas. Escuché con entusiasmo. Después de dos días de silencio muy poco natural, fue maravilloso oír a monsieur Paul regañándome como antes. Escuché y, mientras tanto, me consolé y consolé a Sylvie con el contenido de una bonbonnière que monsieur Emanuel, con sus regalos, tenía siempre bien surtida de bombones y caramelos. Le gustaba que se apreciara debidamente hasta el más insignificante de sus detalles. Nos miró a la pequeña spaniel y a mí mientras compartíamos el botín; guardó la navaja. Rozando mi mano con el manojo de plumas recién cortadas, exclamó:

—Dites-donc, petite soeur[377], hábleme con franqueza, ¿qué ha pensado de mí estos dos últimos días?

Pero no hice caso de su pregunta; por culpa de ella, se me llenaron los ojos de lágrimas. Acaricié efusivamente a Sylvie. Monsieur Paul, apoyándose en el pupitre, se inclinó sobre nosotras.

—Dije que me consideraba su hermano —señaló—; apenas sé lo que soy… hermano… amigo… soy incapaz de decirlo. Sé que pienso en usted… deseo que tenga suerte… pero debo contenerme; he de tener cuidado con usted. Mis mejores amigos me señalan el peligro, y me susurran que tenga cautela.


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