Villette
Villette Mis lágrimas empaparon la almohada, mis brazos y mis cabellos. Un oscuro intervalo, dominado por los más amargos pensamientos, siguió a aquel arrebato; pero no me arrepentía del paso que había dado, ni quería desandarlo. La vaga convicción de que era mejor seguir adelante que retroceder, y de que podía seguir adelante… de que con el tiempo se abriría un camino, por angosto y difícil que fuera, prevaleció sobre cualquier otro sentimiento; gracias a su influencia, logré serenarme lo suficiente para decir mis plegarias y acostarme. Acababa de apagar la vela y de tenderme en la cama cuando un sonido grave y poderoso retumbó en medio de la noche. Al principio no lo reconocí, pero se repitió doce veces, y al oír la colosal campanada y el vibrante tañido por duodécima vez, pensé: «Duermo al abrigo de la catedral de Saint Paul».