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Pasó algún tiempo. El ruido, los cuchicheos, los sollozos ocasionales aumentaron. Me di cuenta de que la disciplina se había relajado y cundía en cierto modo el desorden, como si las alumnas tuvieran la impresión de que se había bajado la guardia y nadie las vigilaba. La costumbre y el sentido del deber me permitieron sobreponerme en seguida, levantarme como siempre, hablar en mi tono habitual, ordenar que se callaran y finalmente imponer silencio. Nuestra lectura fue larga y minuciosa. Nos ocupó toda la mañana. Recuerdo mi impaciencia con las alumnas que lloraban. Su emoción no tenía demasiado valor; sólo era una reacción histérica. Así se lo dije. Las ridiculicé un poco. Me mostré severa. Lo cierto es que me molestaban sus lágrimas, o aquellos sollozos; no podía soportarlos. Una joven bastante torpe y pusilánime siguió llorando cuando las demás se callaron; una necesidad acuciante me empujó y ayudó a dirigirme a ella de tal modo que no se atrevió a continuar, y no tuvo más remedio que dominar sus convulsiones.

Aquella muchacha habría estado en su derecho de odiarme si, cuando terminó el colegio y sus compañeras se marchaban, no le hubiera ordenado quedarse; cuando las demás se fueron, hice lo que nunca había hecho con ninguna de mis alumnas: la estreché contra mi pecho y besé su mejilla. Después de ceder a este impulso, la saqué rápidamente del aula, pues mi abrazo le hizo llorar aún más amargamente que antes.


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