Villette
Villette Pasaron. El largo y cálido atardecer estival se consumió como el enorme leño que arde en las chimeneas navideñas; murió la luz carmesí de su crepúsculo; y me dejó inclinada entre las frías sombras azules, sobre los reflejos pálidos y cenicientos de la noche.
Terminaron las oraciones; era hora de acostarse; mis compañeras de internado se habían retirado. Yo continuaba aún en la lóbrega clase de primero, quebrantando, o al menos ignorando las normas que nunca había quebrantado ni ignorado.
No sé cuánto tiempo estuve paseando de un lado a otro de la clase; supongo que varias horas; de forma maquinal, aparté bancos y pupitres, y abrí un camino que llegaba hasta el fondo del aula. Anduve por allí, y allí, cuando tuve la certeza de que todos estaban en la cama, y demasiado lejos para oírme… allí, por fin, rompí a llorar. Confiando en la Noche y en la Soledad, no ahogué por más tiempo mis lágrimas, ni impedí que brotaran mis sollozos; desgarraban mi corazón; se abrieron paso con furia. En aquella casa, ¿qué dolor podía ser sagrado?