Villette
Villette Esperé a mi paladín. Apolíon llegó arrastrando su Infierno tras él. Pienso que si la Eternidad nos depara severos tormentos, ninguno será tan feroz ni tan enloquecedor. Creo que cierto día, uno de esos días en los que nunca amaneció ni se puso el sol, un ángel entró en el Hades: resplandeció, sonrió, formuló una profecía de perdón condicionado, alentó una esperanza incierta de felicidad —que reinaría no en aquel instante sino en un día y una hora inesperada—, y reveló con su propia gloria y esplendor la grandeza y el alcance de su promesa; dijo esas palabras y, elevándose, se convirtió en una estrella y desapareció en su propio Cielo. Su legado fue la incertidumbre… una dádiva peor que la desesperación.
Esperé toda la tarde, confiando en la rama de olivo que me había traído la pequeña paloma, y, a pesar de mi confianza, estaba terriblemente asustada. El miedo me atenazaba. Frío y extraño, sabía que iba unido a un presentimiento casi nunca engañoso. Las primeras horas me parecieron lentas y largas; pero mi espíritu se aferró a cada segundo de las últimas. Pasaron tan veloces como una nube empujada por el viento… como una masa de cirros cruzando el cielo antes de la tormenta.