Villette
Villette Poco después de las once, una hora muy avanzada en la rue Fossette, la puerta se abrió, silenciosa pero no furtivamente; el resplandor de una lámpara invadió la luz de la luna; madame Beck entró con la misma serenidad que si se tratara de una ocasión normal y de una hora de lo más sensata. En lugar de hablarme en seguida, se dirigió a su mesa, cogió las llaves y simuló buscar algo; se entretuvo mucho tiempo, demasiado, en aquella falsa búsqueda. ParecÃa muy tranquila, demasiado tranquila; yo no estaba de humor para aguantar aquella comedia; rebasado el lÃmite de mis fuerzas, hacÃa dos horas que habÃa dejado a un lado las consideraciones y los miedos habituales. Guiada por un gesto y gobernada por una palabra en circunstancias normales, en aquellos momentos no podÃa soportar ningún yugo, ni tolerar el menor impedimento.
—TendrÃa que haberse acostado ya —dijo madame—; ha infringido demasiado tiempo las normas del internado.
Madame Beck no obtuvo la menor respuesta: seguà andando; cuando ella se interpuso en mi camino, la aparté.
—Déjeme que la tranquilice, meess; la acompañaré a su cuarto —exclamó, intentando hablar con dulzura.
—¡No! —contesté—. Ni usted ni nadie me tranquilizará ni me acompañará.