Villette

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Decía que monsieur Paul era insoportable; le recriminaba que fuera tan dévot[396]; no le amaba, pero quería casarse con él para vincularle a sus intereses. Yo había adivinado algunos de los secretos de madame, no sé cómo; por una intuición o una inspiración, llegadas no sé de dónde. A lo largo de nuestra convivencia, yo había aprendido lentamente que, con ella, sólo podías ser su inferior o su rival. Era mi rival, en cuerpo y alma, aunque secretamente, bajo los modales más afables y sin que nadie lo supiera excepto ella y yo.

Miré a madame por espacio de unos minutos, sintiendo que la tenía en mi poder, pues en ciertos momentos —como el que vivíamos—, en ciertos estados de percepción exacerbada —como el que nos dominaba—, su disfraz de siempre, su máscara y su dominó eran para mí una simple red con agujeros; y veía bajo ella a un ser cruel, innoble e indulgente consigo mismo. Se alejó silenciosamente de mí; dócil y serena, aunque muy preocupada, y dijo que «si no lograba convencerme de que me fuera a dormir, tendría que dejarme muy a su pesar». Se apresuró a hacerlo, y es posible que estuviera más contenta ella de marcharse que yo de verla desaparecer.




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