Villette

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Isabelle no fue la única que mostró su ignorancia; antes de que anocheciera, tuve motivos de sobra para agradecer la ceguera de todos los habitantes de la casa. La multitud tiene otras cosas que hacer que leer corazones e interpretar frases oscuras. Quien lo desee puede guardar su secreto, ser el único soberano de su intimidad. En el curso de aquel día, tuve una prueba tras otra de que no sólo nadie adivinaba la causa de mi pena, sino de que mi vida interior de los últimos seis meses continuaba siendo sólo mía. Nadie sabía… nadie se había dado cuenta de que yo concedía un valor especial a una vida entre todas las demás. Los chismorreos habían pasado de largo; la curiosidad me había ignorado: esas dos sutiles influencias, siempre revoloteando a mi alrededor, jamás me habían prodigado atención. Un organismo determinado puede vivir en un hospital de infecciosos y no contagiarse del tifus. Monsieur Emanuel había venido y se había marchado; había sido mi maestro y había buscado mi compañía; me había llamado en cualquier momento, fuera oportuno o no, y yo le había obedecido: «Monsieur Paul…», decían una y otra vez; y nadie hacía comentarios, y mucho menos lo condenaba. Nadie hacía insinuaciones, nadie se burlaba. Madame Beck descifró el enigma; nadie más lo desveló. Lo que yo sufría recibió el nombre de enfermedad: un dolor de cabeza; acepté el bautismo.


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