Villette
Villette Pero ¿qué dolencia fÃsica podÃa compararse con aquel sufrimiento? Con la certeza de que él se habÃa ido sin despedirse; con la cruel convicción de que el destino y las furias que me perseguÃan —los celos de una mujer y el fanatismo de un sacerdote— no me dejarÃan verle nunca más. ¿A quién puede asombrar que la segunda tarde me encontrara como la primera: indómita, atormentada, recorriendo una estancia desierta en un indecible frenesà de silenciosa desolación?
Madame Beck no me pidió personalmente que me acostara aquella noche, ni siquiera se acercó a mÃ; envió a Ginevra Fanshawe: no podÃa haber enviado una intermediaria más eficaz.
—¿Le duele mucho la cabeza esta noche? —fueron sus primeras palabras (pues Ginevra, como las demás, pensaba que estaba tan pálida y mi desazón era tan grande porque me dolÃa la cabeza de un modo insoportable).
Y esas primeras palabras despertaron en mà el deseo de huir a alguna parte, fuera del alcance de los demás. Y lo que vino a continuación —las quejas sobre sus dolores de cabeza— terminó de convencerme.
Subà al piso de arriba. En seguida estuve en la cama —el lecho del dolor—, rodeada de veloces escorpiones que me perseguÃan. No llevaba cinco minutos acostada cuando llegó otra emisaria: Goton me traÃa algo de beber. Yo estaba sedienta, bebà con avidez; era un lÃquido dulce, pero me supo a droga.