Villette

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Cuando descendí, continué deambulando al azar en un sereno éxtasis de alegría y libertad, y llegué… todavía no sé cómo, al corazón de la ciudad. Vi y sentí Londres por fin: recorrí el Strand; subí por Cornhill; me mezclé entre el bullicio; arrostré los peligros de cruzar la calzada. Hacer todo eso, y hacerlo sola, me proporcionó un placer tal vez irracional, pero muy auténtico. Desde aquellos días he visitado el West End, los parques, las elegantes plazas, pero la City me gusta mucho más. La City parece mucho más real: su actividad, sus prisas, su estruendo, son dignos de ser vistos y oídos. La City se gana la vida, el West End se limita a disfrutar de sus placeres. En el West End podemos divertirnos, pero es en la City donde con más fuerza palpitan nuestros corazones.

Extenuada y hambrienta (hacía años que no tenía tanto apetito), regresé hacia las dos a mi vieja, oscura y tranquila posada. Comí dos platos: un sencillo asado y verduras; ambos me parecieron excelentes (mucho mejores que las escasas y delicadas raciones que la cocinera de la difunta señorita Marchmont solía prepararnos a mi bondadosa señora y a mí, y que apenas despertaban nuestro apetito). Deliciosamente cansada, me tendí a lo largo de tres sillas durante una hora (no había ningún sofá en la habitación). Me quedé dormida y, tras despertarme, pasé dos horas meditando.


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