Villette
Villette Mientras contemplaba la imagen de un ibis blanco sujeto en una columna, mientras analizaba la perspectiva de una larga avenida iluminada por antorchas con una esfinge tendida al fondo, perdí de vista al grupo de personas que había seguido desde el centro de la gran plaza, o mejor dicho, éstas se desvanecieron como una aparición. Toda aquella escena tenía la impronta de un sueño: las siluetas se balanceaban, los movimientos flotaban, las voces parecían ecos… medio vacilantes, medio burlones. Después de que Paulina y sus amigos desaparecieran, ni siquiera podía estar segura de haberlos visto; no eché de menos que me guiaran en medio del caos, y mucho menos que me protegieran en la oscuridad.
Aquella noche de fiesta, incluso un niño habría estado a salvo. Habían acudido muchos campesinos de los alrededores de Villette, y los ciudadanos más respetables iban de un lado a otro, vestidos con sus mejores galas. Mi sombrero de paja se movía entre gorras y chaquetas, faldas y largos mantos de algodón, sin atraer, quizá, ni una mirada; sólo tomé la precaución de bajarme sus anchas alas, al igual que una gitana, con una cinta suplementaria; y entonces me sentí tan segura como si llevara una máscara.