Villette

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De ese modo, paseé por las avenidas y me mezclé con la muchedumbre allí donde era más numerosa. Era incapaz de quedarme quieta o de observar con serenidad. La escena me inundó de gozo; bebí el alegre aire nocturno, la oleada de sonidos, la inconstante luz, tan pronto resplandeciente como mortecina. En cuanto a la Felicidad o a la Esperanza, ellas y yo nos habíamos estrechado la mano, y justo en aquel momento… despreciaba a la Desesperación.

Perseguía el vago objetivo de encontrar el estanque de piedra con su clara profundidad y su lecho verdoso: pensaba en su frescura y en su verdor con la sed acuciante de una fiebre de la que no era consciente. Entre el brillo de las luces, las prisas, la multitud y el ruido, lo que más deseaba aún, secretamente, era llegar a aquel espejo redondo de cristal, y sorprender a la luna reflejando allí su frente nacarada.

Conocía el camino, pero algo me impedía seguirlo directamente: ora una imagen, ora un sonido, me apartaban de él, atrayéndome por tal senda o tal paseo. Había divisado ya los gigantescos árboles que rodeaban el trémulo y ondulante cristal cuando, en un claro a la derecha, se elevaron las voces de un coro: un sonido como el que podría oírse, pensé, si el Cielo abriera sus puertas… un sonido, tal vez, como el que oyeron en la llanura de Belén la noche de la buena nueva.


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