Villette
Villette El cántico, la dulce música, se alzaba a lo lejos, pero, empujado velozmente por las alas del viento, se abrió paso entre las sombras con tal vorágine de armonías que, de no haber tenido un tronco donde apoyarme, supongo que me habría desplomado. Las voces eran muy numerosas; los instrumentos, variados e incontables: reconocí entre ellos el clarín, la trompa y la trompeta. Producía el mismo efecto que si el mar rompiera a cantar con todas sus olas.
La ondulante marea continuó su camino, luego se replegó y yo seguí su retirada. Me condujo a un edificio bizantino, una especie de templete casi en el centro del parque. Lo rodeaban cientos de personas, reunidas allí para escuchar el maravilloso concierto al aire libre. Lo que había oído era, según creo, un coro de cazadores; la noche, el lugar, la escena y mi estado de ánimo intensificaron los sonidos e hicieron más profunda su impresión en mí.