Villette

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Allí se congregaban las damas, sumamente hermosas con aquella luz; algunos de sus vestidos eran de gasa, y otros tenían el brillo del satén; las flores y las puntillas temblaban, y los velos se agitaban alrededor de sus recargados sombreros, mientras aquel coro —numeroso como un ejército— rompía el aire con sus formidables sonidos. La mayoría de las damas ocupaban las pequeñas y ligeras sillas del parque; detrás y al lado de ellas se erguían los caballeros que las escoltaban. Las filas más alejadas las formaban ciudadanos, plebeyos y policías.

Me situé entre ellos. Prefería ser la vecina silenciosa, desconocida —y, consecuentemente, a la que nadie se dirigía—, de la falda corta y los zuecos; y sólo la lejana observadora del traje de seda, el manto de terciopelo y el chapeau[399] con un penacho de plumas.

Además, entre tanta vida y tanto alborozo, lo que más me apetecía era estar sola, completamente sola. Sin el deseo ni la energía para abrirme paso a través de una masa tan compacta, me quedé en el lugar más alejado, donde lo cierto es que podía oír, pero no veía casi nada.

—Mademoiselle no está bien colocada —exclamó una voz a mi lado.

¿Quién osaba importunarme, estando yo de un humor tan poco comunicativo?


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