Villette

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Por extraño que parezca, aquel hombre me reconoció bajo mi sombrero de paja y mi chal; y, aunque rechacé su oferta, insistió en abrirme paso entre el gentío y encontrarme un sitio mejor. Llevó todavía más lejos su desinteresada cortesía y, alejándose un poco, me consiguió una silla. Con frecuencia he descubierto que los hombres más irascibles no son, ni mucho menos, los peores; ni los de posición más humilde cobijan los sentimientos menos delicados. Aquel hombre, con su amabilidad, no pareció sorprendido de encontrarme allí sola; únicamente una razón para ofrecerme, en la medida de sus posibilidades, una ayuda discreta pero eficaz. Después de facilitarme un lugar y un asiento, se retiró sin hacer una pregunta, ni verter un comentario, ni añadir una palabra superflua. No es de extrañar que al profesor Emanuel le gustara fumarse su cigarro y leer su feuilleton[400] en la librería de Miret; los dos tenían que haber congeniado.








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