Villette
Villette No llevaba ni cinco minutos sentada cuando reparé en que la suerte y mi respetable amigo burgués habÃan vuelto a acercarme a un grupo muy familiar. Justo delante de mà se sentaban los Bretton y los de Bassompierre. Al alcance de mi mano —si hubiera decidido extenderla—, se hallaba una figura que se asemejaba a la reina de las hadas, y cuyo vestido parecÃa inspirado en los lirios y sus hojas: lo que no era de un blanco inmaculado era tan verde como el bosque. Mi madrina, asimismo, se encontraba tan cerca que, de haberme inclinado hacia delante, mi aliento habrÃa agitado las cintas de su sombrero. No estaban a suficiente distancia; después de que prácticamente un desconocido me reconociera, me preocupaba la proximidad de aquellos amigos tan Ãntimos.
Di un respingo cuando la señora Bretton, volviéndose hacia el señor Home, dijo empujada por un bondadoso impulso de la memoria:
—Me gustarÃa saber qué dirÃa mi pequeña y juiciosa Lucy de todo esto. Ojalá la hubiéramos traÃdo con nosotros, habrÃa disfrutado mucho.
—Es cierto que habrÃa disfrutado, a su manera grave y sensata; es una pena que no la hayamos invitado —replicó el amable caballero; y añadió—: Me gusta ver su alegrÃa serena; el hecho de que, llevando una vida tan apacible, se sienta contenta.