Villette
Villette Los dos eran muy queridos para mí; y lo han seguido siendo hasta este día en que recuerdo su benevolencia. Qué poco sabían del dolor lacerante que había hecho caer a Lucy en un estado casi febril y la había empujado a salir imprudentemente del internado, sin nadie que la guiara, drogada y al borde de la locura. Tuve ganas de inclinarme sobre sus hombros y agradecer su bondad con mi mirada. Monsieur de Bassompierre no me conocía bien, pero yo a él sí, y respetaba y admiraba su carácter sincero, afectuoso y, sin que él fuera consciente, entusiasta. Es muy posible que yo hubiera hablado, pero Graham se volvió, y lo hizo con uno de sus movimientos firmes y majestuosos, tan diferentes a los de un hombre pequeño y de genio vivo; detrás de él había una multitud, centenares de filas; tenía miles de personas en quien posar la mirada, ¿por qué, entonces, se fijó en mí, oprimiéndome con toda la fuerza de sus penetrantes ojos azules? ¿Por qué, si pensaba mirarme, no le bastó hacerlo una vez? ¿Por qué se volvió en la silla, apoyó su codo en el respaldo y me examinó detenidamente? No podía ver mi rostro, lo tenía hundido en el pecho; era imposible que me reconociera; me agaché, me volví, no quería que advirtiera mi presencia. Él se levantó y, del modo que sea, se las arregló para acercarse… sólo tardaría unos instantes en desvelar mi secreto; mi identidad estaría en sus manos, siempre poderosas aunque nunca tiránicas. Sólo había una manera de evitarlo y detener a Graham. Le di a entender, con un gesto de súplica, que quería estar sola; después de aquello, si hubiera insistido, tal vez habría asistido al espectáculo de una Lucy indignada: cuanto había en él de bueno, elevado o amable (y Lucy lo conocía bien) no habría bastado para que ella se mostrara sumisa, o tan inofensiva como una sombra. Graham me miró, pero desistió de su propósito. Movió su hermosa cabeza, pero no despegó los labios. Se sentó de nuevo, y no volvió a perturbarme con su mirada, si exceptuamos una sola vez en que me tropecé con sus ojos, más solícitos que curiosos; y su expresión apaciguó mi espíritu como «el viento del sur apacigua la tierra». Cuando Graham pensaba en mí, no era con helada indiferencia, después de todo. Creo que en la magnífica morada de su corazón reservaba un pequeño rincón, bajo un tragaluz, donde Lucy encontraría distracción si decidía llamar a su puerta. No era tan bonito como las estancias donde alojaba a sus amigos, ni como el vestíbulo donde albergaba su filantropía o la biblioteca donde atesoraba su ciencia, y se parecía aún menos al pabellón donde celebraba la fiesta de su boda con gran esplendor; pero, poco a poco, con su sólida y constante generosidad, me demostró que guardaba para mí un pequeño gabinete, tras una puerta en la que se leía «Cuarto de Lucy». Yo también reservaba un lugar para él, un lugar al que nunca tomé las medidas, ni con una regla ni con un compás: creo que era como la tienda de Peri-Banu[401]. Toda mi vida lo llevé doblado en el hueco de la mano: si lo hubiera liberado de esa opresión, supongo que su capacidad innata de extenderse lo habría convertido en un tabernáculo capaz de alojar a un nutrido ejército.