Villette
Villette Media docena de caballeros, amigos suyos, la rodeaban. Entre ellos, no tardé en reconocer a dos o tres. Estaba su hermano, monsieur Victor Kint; habÃa otra persona con mostacho y pelo largo, un hombre tranquilo y taciturno, cuyos rasgos llevaban un sello y guardaban una semejanza que no pudieron dejarme indiferente. A pesar de la reserva y la flema, a pesar del contraste entre sus semblantes y caracteres, habÃa algo en él que me recordaba a un rostro —expresivo, apasionado, sensible—; un rostro mudable —unas veces apesadumbrado, otras radiante—; un rostro que me habÃan arrebatado y que mis ojos no podÃan ver, pero con el que habÃa pasado mis mejores horas entre sombras y luces; un rostro en el que habÃa visto con frecuencia aparecer signos de genialidad, y en el que, incomprensiblemente, nunca brillaron la llama inequÃvoca, la esencia, el espÃritu y el secreto. SÃ, aquel Josef Emanuel, aquel hombre de paz, me recordaba a su impetuoso hermano.