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Père Silas se inclinó sobre el asiento con un único ocupante, el rústico banco y lo que se sentaba en él: una masa informe y, sin embargo, magnífica. Lo cierto es que se vislumbraban las líneas de su rostro, pero sus facciones eran tan cadavéricas, y estaban tan extrañamente dispuestas, que uno tenía la sensación de estar ante una cabeza separada del tronco y arrojada al azar entre un montón de ricas mercancías. La luz de las lejanas farolas se reflejaba en sus brillantes colgantes y en sus gruesas sortijas; ni la castidad de la luna, ni la distancia de las antorchas podían atenuar los maravillosos colores de sus ropajes. ¡Salve, madame Walravens! Creo que se parecía usted más que nunca a una bruja. Y la buena mujer demostró en seguida que no era un cadáver ni un fantasma, sino una anciana severa e implacable; pues, al hacerse aún más molestas las ruidosas peticiones de Désirée Beck, que quería ir al quiosco y comer golosinas, la jorobada asestó a la pequeña un sonoro golpe con su bastón de puño dorado.

Allí estaban, pues, madame Walravens, madame Beck y père Silas, los tres conspiradores, la junta secreta. Me sentó bien verlos reunidos. No puedo decir que me sintiera débil ante ellos, o avergonzada, o abatida. Eran, en número, más que yo, me habían derrotado, tenía sus pies sobre mi cuello; pero aún no estaba muerta.


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