Villette
Villette Me mostré de acuerdo con él y, tras pagar la factura, agradecí los servicios de mi amigo con una propina que ahora sé principesca, y que a sus ojos debió de parecer absurda (de hecho, al embolsarse el dinero, esbozó una leve sonrisa que reflejó su opinión sobre el savoir-faire de la donante); el camarero procedió entonces a buscarme un coche de punto. También me encomendó al cuidado del cochero, conminándole a llevarme hasta el muelle, según creo, y a no abandonarme en manos de los barqueros; el hombre así lo prometió, pero no cumplió su palabra. Muy al contrario, prefirió inmolarme, servirme como un jugoso asado, obligándome a descender en medio de una multitud de barqueros.
Me encontré en una situación muy desagradable. Era noche cerrada. El cochero desapareció en cuanto cobró el importe del trayecto; los hombres empezaron a pelearse por mi baúl y por mí. Oí entonces sus juramentos, que hicieron flaquear mi entereza más que la noche, el aislamiento o lo extraño de la escena. Uno de ellos se apoderó de mi baúl. Yo lo observé y aguardé en silencio, pero cuando otro me puso las manos encima, alcé la voz, me desasí, salté a una barca y pedí con severidad que colocaran el baúl a mi lado —«Aquí mismo»—, lo que hicieron al instante, pues el dueño del bote elegido se convirtió en mi aliado: se alejó remando.