Villette
Villette El rÃo era negro como un torrente de tinta: en él se reflejaban las luces de los edificios que habÃa en sus orillas, las embarcaciones se mecÃan en sus aguas. Pasamos varios barcos; a la luz de los faroles leà sus nombres pintados en grandes letras blancas sobre fondo oscuro. El Ocean, el Phoenix, el Consort, el Dolphin quedaron atrás, pero el Vivid[10] era mi barco y parecÃa hallarse más lejos.
Nos deslizamos por la corriente azabache; pensé en la laguna Estigia y en Caronte llevando en su barca a algún alma solitaria rumbo al Reino de las Sombras. En medio de aquella extraña escena, con un viento helado azotándome el rostro y las nubes de medianoche derramando su lluvia sobre mi cabeza, sin más compañÃa que aquellos dos rudos remeros, cuyos enloquecidos juramentos resonaban aún en mis oÃdos, me pregunté si estaba afligida o aterrorizada. Ninguna de las dos cosas. A lo largo de mi vida, he sentido con frecuencia mucho más temor o desolación en circunstancias relativamente más seguras. «¿Cómo es posible? —me decÃa—. Estoy alegre y animada, en lugar de triste y asustada». No acertaba a adivinar por qué.
El Vivid apareció al fin, blanco y resplandeciente, en medio de la oscuridad.
—¡Ya hemos llegado! —exclamó el barquero, e inmediatamente exigió seis chelines.
—Pide usted demasiado —protesté.