Villette

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Él alejó la barca del Vivid y juró que no me dejaría embarcar hasta que no cobrara. Un joven —el sobrecargo, según supe después— nos contemplaba desde la borda, sonriendo ante la disputa que se avecinaba; para defraudarle, pagué el dinero solicitado. Aquella tarde había dado tres veces coronas en vez de chelines, pero me consolé pensando que era el precio de la experiencia.

—¡La han engañado! —exclamó el sobrecargo, exultante, cuando subí a bordo.

Respondí flemática que ya lo sabía y me dirigí al interior del barco.

En el camarote de señoras había una mujer corpulenta, hermosa y llamativa. Le pedí que me indicase cuál era mi litera; ella me miró con severidad, musitó que los pasajeros no solían embarcarse a aquellas horas, y pareció dispuesta a mostrarse de lo más descortés. ¡Qué rostro tenía! ¡Tan atractivo, egoísta e insolente a la vez!

—Ahora que ya estoy a bordo, pienso quedarme —fue mi respuesta—. Le ruego que me indique cuál es mi litera.


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