Villette
Villette Pero la distancia era grande y el clima, peligroso. El administrador recto y competente que necesitaban debía ser una persona devota. Hacía veinte años que madame Walravens tenía un hombre así a su servicio, destrozando primero su vida, y viviendo después a costa de él como un viejo hongo; père Silas se había encargado de su educación, y lo había atado a él con los lazos de la gratitud, de la costumbre y de la fe; madame Beck lo conocía bien, y podía, en cierto modo, ejercer su influencia. «Si mi discípulo continúa en Europa —decía père Silas—, corre el riesgo de caer en la apostasía, pues se siente muy unido a una hereje». Madame Beck hizo también algunos comentarios en privado, pero prefirió guardar en secreto el motivo que la empujaba a ambicionar su expatriación. Lo que ella no podía obtener, no deseaba que nadie lo ganara; antes lo destruiría. En cuanto a madame Walravens, quería su dinero y sus tierras; y sabía que, si accedía, Paul sería el mejor y más leal de los administradores. De modo que aquellos tres espíritus egoístas hicieron causa común y acorralaron al generoso. Argumentaron, rogaron, suplicaron; se abandonaron a su merced, le confiaron sus intereses. Sólo le pidieron dos o tres años de dedicación; después, podría dedicarse a lo que quisiera: es posible que uno de los tres anhelara que, en aquel ínterin, él falleciera.