Villette

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Me alejé del grupo de árboles y de la alegre compañía congregada a su sombra. Hacía mucho tiempo que la medianoche había quedado atrás; el concierto había terminado, la muchedumbre era cada vez menor. Seguí la marea de gente. Dejé el radiante parque y la bien iluminada Haute-Ville (todavía llena de luces, pues, al parecer, aquélla iba a ser una nuit blanche en Villette), y me dirigí a la parte más baja y oscura de la ciudad.

No debería decir oscura, pues la belleza de la luna —olvidada en el parque— volvía a ser perceptible. Flotaba en lo alto del cielo, y brillaba serena y sin mácula. La música y la alegría de la fête, las hogueras y el resplandor de las luces la habían eclipsado unas horas, pero ahora su gloria y su silencio triunfaban de nuevo. Las luces rivales agonizaban: ella seguía su curso como una blanca diosa. Tambores, trompetas y clarines habían sonado con estruendo, y se habían desvanecido en el olvido: con el lápiz de sus rayos, ella escribía en el cielo y en la tierra unas palabras que el tiempo no borraría. Ella y las estrellas me parecieron los símbolos y los testigos de la verdad soberana. El cielo nocturno iluminaba su reino: su victoria avanzaba con la misma lentitud con que ella seguía su órbita, ese movimiento hacia delante que durará toda la eternidad.


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