Villette
Villette Lo único que podía hacer era llevar mi libertad al gran dormitorio, acostarla en mi cama y pensar qué haría con ella. La representación aún no había acabado; habría podido esperar y seguir contemplando la escena de amor bajo los árboles, aquel rústico cortejo. Si no hubiera existido amor en esa obra, mi Imaginación, tan desbordante y creativa en aquellos momentos, habría modelado uno con los rasgos más sobresalientes, y habría conferido a su pasión la vida más profunda y el colorido más hermoso. Pero me negué a mirar. Mi decisión era firme, pero no atormentaría a mi naturaleza. Y entonces… sentí que algo me desgarraba cruelmente la piel, que algo se clavaba en mi costado: un buitre de pico y garras muy fuertes al que tenía que enfrentarme sola. Creo que nunca había tenido celos hasta entonces. Aquello no era como soportar las muestras de cariño entre el doctor John y Paulina, en las que —mientras cerraba los ojos y los oídos, mientras me refugiaba en mis pensamientos— mi sentido de la armonía seguía reconociendo cierto encanto. Aquello era un ultraje. El amor nacido de la belleza no era mío; no teníamos nada en común: no podía tener la osadía de mezclarme con él; pero en ese otro amor que se atrevía tímidamente a cobrar vida después de una larga relación no exenta de dolor, marcado por la constancia, consolidado por la aleación pura y duradera del cariño, puesto a prueba por la inteligencia, y finalmente cincelado, por su propio proceso, hasta volverse perfecto; en ese Amor que se reía de la Pasión, de su rápido frenesí, de su ardorosa y veloz extinción; en ese Amor yo había invertido demasiado; y no podía contemplar impasible nada que tendiera a cultivarlo o destruirlo.