Villette
Villette Todavía llena de perplejidad, pero liberada súbitamente del temor a lo espectral y ultraterreno; negándome a hostigar mi cerebro con un misterio tan trivial e insoluble, hice un fardo con el hábito, el velo y las vendas, lo metí debajo de mi almohada, me acosté, y esperé a oír el traqueteo del carruaje de madame Beck; luego me di la vuelta y, agotada después de muchas noches en vela, vencida quizá, asimismo, por el narcótico que al fin me hacía efecto, dormí profundamente.