Cumbres Borrascosas

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—¡Condenado doctor! —interrumpió sonrojándose—. Frances está muy bien. Se encontrará perfectamente en una semana. ¿Vas a subir? Dile que iré si promete no decir una palabra, la dejé porque no paraba de hablar, y tiene… dile que el doctor Kenneth dice que tiene que estar callada.

Transmití su mensaje a la señora Earnshaw, que estaba muy animada, y respondió alegremente:

—Apenas dije una palabra, Ellen, y allá se ha ido dos veces llorando. Bueno, dile que prometo no hablar, pero eso no me obliga a no reírme de él.

¡Pobre mujer! Hasta una semana antes de su muerte, aquel alegre corazón nunca le falló, y su marido insistía obstinadamente, aún más, furiosamente, en afirmar que su salud mejoraba cada día. Cuando Kenneth le advirtió que las medicinas eran inútiles en ese estado de la enfermedad y que no tenía por qué ocasionarle más gastos por atenderla, replicó:

—Ya sé que usted no es necesario… ella está bien… no necesita que usted la atienda más. No estuvo nunca tuberculosa. Era una fiebre. Y ha desaparecido. Ahora tiene el pulso tan lento como el mío, y las mejillas tan frescas.


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