Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Le contó a su mujer la misma historia, y ella parecÃa creerle, pero una noche, mientras estaba reclinada en su hombro, al intentar decirle que creÃa que podrÃa levantarse al dÃa siguiente, le dio un ataque de tos —uno muy ligero—. Él la levantó en brazos. Ella se llevó las dos manos al cuello, se le demudó el rostro y habÃa muerto.
Como la chica habÃa anticipado, el niño Hareton quedó por completo en mis manos. El señor Earnshaw con tal de verle sano y no oÃrle nunca llorar estaba contento por lo que al niño se referÃa. En cuanto a él, su desesperación iba en aumento. Su dolor era de ésos que no se lamentan. No lloraba, ni rezaba. MaldecÃa y desafiaba, renegaba de Dios y de los hombres y se entregó a una insensata disipación. Los criados no soportaron mucho tiempo su conducta tiránica y perversa. Joseph y yo fuimos los únicos que nos quedamos. Yo no tuve valor para abandonar al niño a mi cargo y, además, ya sabe que yo habÃa sido su hermana de leche y perdonaba su conducta más fácilmente que cualquier extraño lo hubiera hecho. Joseph se quedó para mangonear a arrendatarios y labriegos, y porque su vocación consistÃa en estar allà donde hubiera mucha maldad que reprender.