Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Las malas maneras y malas compañías del amo constituían un bonito ejemplo para Catherine y para Heathcliff. El trato que le daba a este último era bastante para convertir en demonio a un santo. Y, en verdad, parecía que el chico estaba poseído de algo diabólico en aquella época. Le encantaba atestiguar cómo Hindley se degradaba a sí mismo sin remedio y cómo su hosquedad salvaje y su ferocidad se hacían cada día más patentes. No puedo ni medio contarle el infierno que teníamos en aquella casa. El coadjutor dejó de visitarnos y al final ninguna persona decente se nos acercaba, a menos que las visitas de Edgar Linton a la señorita Cathy se consideren una excepción. A los quince años era la reina de la comarca. No tenía rival, y se convirtió en una criatura altanera y testaruda. Reconozco que dejé de quererla desde que pasó de la niñez, y la reñía con frecuencia intentando doblegar su arrogancia, a pesar de ello nunca me tomó aversión. Tenía un extraordinario apego a sus antiguas relaciones, incluso mantenía un afecto inalterable por Heathcliff, y al joven Linton, con toda su superioridad, le resultó difícil causar en ella una impresión igual de profunda. Él fue mi último amo, ése es su retrato, sobre la chimenea. Acostumbraba a estar colgado a un lado y el de su mujer al otro, pero el de ella lo retiraron, si no hubiera usted podido ver algo de lo que fue. ¿Lo ve bien?