Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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El pequeño Hareton, que me seguía a todas partes y estaba sentado en el suelo junto a mí, al ver mis lágrimas empezó a llorar también y sollozaba quejas contra la «tía Cathy, mala», lo que atrajo la furia de la tía contra su desdichada cabeza. Le cogió por los hombros y le zarandeó hasta que el pobre niño se puso lívido, y Edgar, sin pensarlo, le cogió las manos para liberar al niño. Al instante logró liberar una y el asombrado joven la sintió aplicada por encima de su propia oreja de manera tal que no se podía confundir con una broma. Retrocedió consternado. Yo cogí a Hareton en brazos y me fui a la cocina con él, dejando la puerta de comunicación abierta porque tenía curiosidad de ver cómo se zanjaba la discusión. El ofendido visitante se dirigió al lugar en que había dejado el sombrero con los labios trémulos.

«¡Muy bien! —dije para mí—. ¡Date por avisado y vete! Es un detalle por su parte que te haya permitido ver un atisbo de su verdadero carácter».

—¿Adónde vas? —preguntó Catherine, adelantándose hacia la puerta.

Él se hizo a un lado e intentó pasar.

—¡No debes irte! —exclamó ella con energía.

—¡Debo irme y me iré! —replicó él con voz débil.


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