Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —No —insistió ella, cogiendo la manilla de la puerta—. TodavÃa no, Edgar Linton, siéntate, no puedes dejarme en este estado. EstarÃa triste toda la noche y no quiero estar triste por tu culpa.
—¿Puedo quedarme después de haberme abofeteado? —preguntó Linton.
Catherine enmudeció.
—Me has hecho sentir miedo y vergüenza de ti —continuó él—. ¡No volveré a esta casa!
Los ojos de Catherine empezaron a brillar y sus párpados temblaron.
—¡Y has mentido deliberadamente! —dijo él.
—¡No es cierto! —gritó ella recobrando el habla—. No he hecho nada deliberadamente. Bueno, vete si quieres… vete. Y ahora lloraré… lloraré hasta enfermar.
Cayó de rodillas junto a una silla y rompió a llorar con toda su alma. Edgar perseveró en su resolución hasta llegar al patio, allà vaciló. Yo decidà animarle.
—La señorita es terriblemente caprichosa —exclamó—. Tan mala como cualquier niño mimado, es mejor que se vaya a casa, de lo contrario se pondrá mala sólo para fastidiarnos.