Cumbres Borrascosas

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El pobrecillo miró de reojo por la ventana. Tenía la misma capacidad para marcharse que un gato para dejar a un ratón medio muerto, o a un pájaro a medio comer. «Ah —pensé— no tiene salvación. ¡Está condenado y vuela a su destino!» Y así fue. Se volvió de repente, corrió a la sala de nuevo, cerró la puerta tras de sí y, cuando entré al cabo de un rato para informarles que Earnshaw había vuelto a casa borracho perdido, dispuesto a ponerla patas arriba (lo que acostumbraba a hacer en ese estado), vi que la pelea no había hecho más que estrechar la intimidad, había roto las defensas de la timidez juvenil y les había capacitado para abandonar el disfraz de la amistad y confesarse enamorados.

La noticia de la llegada del señor Hindley llevó velozmente a Linton a su caballo, y a Catherine a su alcoba. Yo fui a esconder al pequeño Hareton y a quitar la carga de la escopeta de caza del amo, con la que le gustaba jugar en su loco delirio, con riesgo de las vidas de los que le provocaran, o sólo que le llamaran demasiado la atención, y a mí se me había ocurrido la idea de descargarla para que hiciera menos daño en caso de llegar al extremo de dispararla.




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