Cumbres Borrascosas

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Catherine y él eran todavía compañeros constantes en sus momentos de respiro del trabajo, pero Heathcliff había cesado de mostrarle su cariño con palabras, y evitaba con airado recelo sus infantiles caricias, como si fuera consciente de que no podía ser gratificante derrochar en él tales muestras de afecto. En la ocasión antes mencionada, entró en la sala para anunciar su intención de no hacer nada, mientras yo ayudaba a la señorita Cathy a vestirse. Ella no había contado con que a Heathcliff se le fuera a meter en la cabeza no hacer nada y figurándose que iba a tener toda la sala para ella, se las arregló de alguna manera para informar a Edgar de la ausencia de su hermano y entonces se preparaba para recibirle.

—Cathy, ¿estás ocupada esta tarde? —le preguntó Heathcliff—. ¿Vas a alguna parte?

—No, está lloviendo —contestó ella.

—¿Por qué te has puesto este vestido de seda, entonces? —dijo—. No va a venir nadie, espero…

—Nadie que yo sepa —balbuceó la señorita—, pero tú deberías estar ya en el campo, Heathcliff. Ya ha pasado una hora desde la comida, creí que te habías ido.

—Hindley no nos libra a menudo de su maldita presencia —observó el muchacho—. No trabajaré más hoy, me quedaré contigo.


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