Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¡Oh, no lo cuente, señorita Catherine! —exclamé—. Ya estamos lo bastante lúgubres sin conjurar fantasmas y visiones que nos perturben. ¡Vamos, vamos, póngase alegre y sea usted misma! ¡Mire al pequeño Hareton, no está soñando nada malo! ¡Con qué dulzura sonrÃe en su sueño!
—SÃ, ¡y con qué dulzura su padre reniega en su soledad! Tú le recuerdas, seguro, cuando era otro regordete como éste, casi tan pequeño y tan inocente. Sin embargo, Nelly, te obligaré a escucharlo, no es largo y esta noche no puedo estar alegre.
—¡No quiero oÃrlo, no quiero oÃrlo! —repetà apresuradamente.
Yo era entonces supersticiosa respecto a los sueños, y lo soy aún, y Catherine tenÃa en su semblante una tristeza desacostumbrada que me hizo temer algo de lo que pudiera formular una profecÃa y anunciar alguna terrible catástrofe. Se enfadó, pero no continuó. Al poco rato, tomando aparentemente otro tema, volvió a empezar.
—Si yo estuviera en el cielo, Nelly, me sentirÃa muy desgraciada.
—Porque no es usted digna de ir allà —respond×. Todos los pecadores se sentirÃan desgraciados en el cielo.
—Pero no es por eso. Una vez soñé que estaba allÃ.