Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Apenas hubo tiempo de experimentar un estremecimiento de horror antes de que viéramos que el pobre crÃo estaba a salvo. Heathclilf llegó en el crÃtico momento, por un impulso natural detuvo su caÃda y, poniéndole de pie, miró hacia arriba para descubrir al autor del accidente. Un avaro que se hubiera desprendido por cinco chelines de un billete de loterÃa premiado y se encontrara al dÃa siguiente que ha perdido cinco mil libras en el negocio, no mostrarÃa un semblante más pálido que el suyo al ver la figura del señor Earnshaw arriba. Expresaba con más claridad que pudieran hacerlo las palabras su intensÃsima angustia al convertirse él mismo en el instrumento que frustraba su propia venganza. De haber sido de noche, me atrevo a decir que habrÃa intentado remediar el error estrellando la cabeza de Hareton contra los peldaños, pero habÃamos presenciado su salvación, y yo estaba inmediatamente abajo con mi precioso pupilo apretado contra mi pecho. Hindley bajó más despacio, sobrio y avergonzado.
—Tú tienes la culpa, Ellen —dijo—, deberÃas haberlo mantenido fuera de mi vista, deberÃas habérmelo quitado de las manos, ¿se ha hecho daño?
—¿Daño? —grité airada—. Si no se mata, se volverá idiota. ¡Oh, no sé cómo su madre no se levanta de la tumba para ver cómo le trata! Es usted peor que un pagano… tratar a su propia carne y sangre de esta manera.