Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas cuando la señorita Cathy, que había oído la bronca desde su habitación, asomó la cabeza y susurró:
—¿Estás sola, Nelly?
—Sí, señorita —respondí.
Entró y se acercó a la chimenea. Yo, suponiendo que iba a decir algo, la miré. La expresión de su rostro era de inquietud y angustia. Tenía los labios entreabiertos como si quisiera hablar y respiró, pero el aliento se le escapó en un suspiro, en lugar de una frase. Continué con mi canción, pues no había olvidado su conducta reciente.
—¿Dónde está Heathcliff? —dijo, interrumpiéndome.
—Haciendo su trabajo en el establo —fue mi respuesta.
Él no me contradijo, quizá se había adormilado. Siguió otra larga pausa, durante la cual vi resbalar una o dos lágrimas desde las mejillas de Cathy a las losas. «¿Estará arrepentida de su vergonzosa conducta? —me pregunté—. Sería una novedad, pero ya lo dirá cuando quiera… ¡no la ayudaré!». No, bien poca pena sentía ella por nada, salvo por lo que le concernía.
—¡Ay, Nelly, soy muy desgraciada! —dijo al fin.