Cumbres Borrascosas

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Fui a llamarle, pero no hubo respuesta. Al volver le susurré a Catherine que estaba segura de que había oído buena parte de lo que había dicho y le conté cómo le había visto salir de la cocina justo cuando ella se quejaba de la conducta de su hermano hacia él. Con un buen susto se puso en pie de un salto, echó a Hareton sobre el escaño y corrió a buscar a su amigo en persona, sin pararse a considerar por qué estaba tan alterada, o cómo podía haberle afectado a él su conversación. Estuvo ausente tanto rato que Joseph propuso que no esperáramos más. Conjeturó maliciosamente que se quedaban fuera para evitar tener que escuchar sus largas bendiciones. Afirmó que eran lo bastante malos como para cualquier vileza. Y aquella noche añadió una plegaria especial pidiendo por ellos a la acostumbrada súplica de un cuarto de hora antes de la comida, y habría agregado otra al final de la acción de gracias, si su joven ama no hubiera irrumpido con una apresurada orden de que saliera al camino y, hubiera ido Heathcliff donde fuera, lo encontrara y lo hiciera volver a casa de inmediato.

—Quiero hablar con él, y tengo que hacerlo antes de subir a mi habitación —dijo—. La verja está abierta. Está en alguna parte desde donde no nos oye porque no ha contestado, aunque grite desde lo alto del redil tan fuerte como pude.


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