Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¡Pero dime si deberÃa haberlo hecho… dilo! —exclamó en tono irritado, restregándose las manos y frunciendo el ceño.
—Hay que considerar muchas cosas antes de poder responder con propiedad a esa pregunta —dije, sentenciosamente—. Lo primero y más importante: ¿ama al señor Edgar?
—Y ¿quién no? Desde luego que sà —respondió. Entonces la sometà al siguiente interrogatorio que para una chica de veintidós años no era imprudente.
—¿Por qué le ama, señorita Cathy?
—Qué tonterÃa, le amo, eso basta.
—De ninguna manera, tiene usted que decir por qué.
—Bueno, porque es guapo, y es agradable estar con él.
—Malo —fue mi comentario.
—Y porque es joven y alegre.
—Malo también.
—Y porque me ama.
—Eso no hace al caso.
—Y será rico, y me gustará ser la mujer más importante de la comarca, y estaré orgullosa de tener tal marido.
—¡Lo peor de todo! Y ahora, dÃgame, ¿usted cómo le ama?
—Como todo el mundo… eres tonta, Nelly.