Cumbres Borrascosas

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—Bueno, señorita —exclamé, tocándola en el hombro—, no está empeñada en morirse, ¿verdad? ¿Sabe qué hora es? Las doce y media. Vamos, vamos a la cama, es inútil esperar más a ese loco. Habrá ido a Gimmerton, y ahora se quedará allí. No se imagina que estemos levantadas esperándole hasta tan tarde, al menos se figurará que sólo el señor Hindley está levantado, y preferirá evitar que la puerta se la abra el amo.

—No, no, no está en Gimmerton —dijo Joseph—. No sería raro que estuviera en el fondo de un lodazal. Esta advertencia divina no ha sido en vano, y usted tenga cuidado, señorita, la próxima será para usted. ¡Gracias al cielo por todo! Todo conduce al bien de los elegidos, sacados de la inmundicia. Ya sabéis lo que dicen las Escrituras —y empezó a citar varios textos, remitiéndonos a los capítulos y versículos en que podíamos encontrarlos.

Después de pedirle en vano a la terca muchacha que se levantara y se quitara la ropa mojada, yo le dejé a él con sus sermones y a ella tiritando, y me fui a la cama con el pequeño Hareton que dormía tan profundamente como si todo el mundo a su alrededor hubiera estado durmiendo. Oí a Joseph continuar su lectura un rato más, luego distinguí su lento paso en la escalera y a continuación me quedé dormida.


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