Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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Hacia la medianoche, cuando aún estábamos levantados, descargó la tormenta sobre las Cumbres con todo su furor. Hubo viento huracanado y también rayos y truenos, y el primero o los segundos partieron en dos un árbol de la esquina de la casa, una rama enorme cayó sobre el tejado y rompió un pedazo del cañón de la chimenea de levante, lanzando una lluvia de piedras y hollín sobre el fuego de la cocina. Creímos que un rayo había caído en medio de nosotros, y Joseph se hincó de rodillas, suplicando al Señor que se acordara de los patriarcas Noé y Lot, y que, como en aquellos tiempos, salvara al justo, aunque destruyera al impío. Tuve la sensación de que también para nosotros había llegado el juicio. Jonás era para mí el señor Earnshaw y sacudí la manilla de su guarida para asegurarme de que todavía vivía. Contestó, lo bastante audible, de tal manera que hizo que mi compañero vociferara, más clamorosamente que antes, que una clara distinción había que trazar entre santos como él y pecadores como su amo. Pero el estrépito pasó al cabo de veinte minutos, dejándonos a todos ilesos, excepto a Cathy, que estaba absolutamente calada por su obstinación en no querer cobijarse y permanecer con la cabeza descubierta y sin chal para recibir cuanta más agua mejor en el pelo y en la ropa. Entró y se echó en el escaño, toda calada como estaba, volviendo la cara hacia el respaldo y tapándosela con las manos.


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