Cumbres Borrascosas

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Cuando bajé algo más tarde que de costumbre, vi a la luz de los rayos de sol que se filtraban por las rendijas de las contraventanas, a la señorita Catherine aún sentada junto al fuego. La puerta de la casa estaba entreabierta también; la luz entraba por sus ventanas sin cerrar. Hindley se había levantado, estaba de pie junto al hogar de la cocina, ojeroso y soñoliento.

—¿Qué te pasa, Cathy? —le estaba diciendo cuando entré—, pareces tan triste como un cachorro ahogado. ¿Por qué estás tan mojada y tan pálida, niña?

—Me mojé —respondió de mala gana—, y tengo frío, eso es todo.

—¡Oh, qué mala es! —exclamé, advirtiendo que el señor estaba tolerablemente sobrio—. Se empapó en el chaparrón de ayer tarde, y aquí ha estado sentada toda la noche. No pude conseguir que se moviera.

El señor Earnshaw nos miró sorprendido:

—¿Toda la noche? —repitió—. ¿Por qué se quedó levantada? No sería por miedo a la tormenta, supongo. Terminó hace ya horas.

Ninguna de las dos quería mencionar la ausencia de Heathcliff, mientras se pudiera ocultar. Así que respondí que no sabía cómo se le había metido en la cabeza quedarse levantada, y ella no dijo nada. La mañana era limpia y fresca. Abrí las ventanas y pronto la habitación se llenó de los dulces perfumes del jardín, pero Catherine me dijo de mal humor:


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