Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¡Malditos los de casa! —exclamé para mis adentros—, merecéis el perpetuo aislamiento de vuestros semejantes por vuestra grosera falta de hospitalidad. Al menos yo no tendrÃa las puertas cerradas durante el dÃa. ¡Me da igual… entraré!
Tomada esa resolución, agarré el picaporte y lo sacudà con fuerza. Joseph, el de la cara avinagrada, asomó la cabeza por una ventana redonda del granero.
—¿Qué es lo que quiere? —gritó—. El amo está abajo en el corral, vaya hasta el final del granero si quiere hablar con él.
—¿No hay nadie dentro para abrir la puerta? —grité, en tono responsable.
—No hay nadie más que la señora y no le abrirá aunque siga con ese horroroso estruendo hasta la noche.
—¿Por qué? ¿No puede usted decirle quién soy, eh, Joseph?
—¡Ni hablar! No quiero tener nada que ver con eso —refunfuñó la cabeza, desapareciendo.