Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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CAPÍTULO II

La tarde de ayer empezó con frío y niebla. Tenía medio pensado pasarla junto al fuego de mi estudio, en lugar de andar por los brezos y el barro hasta Cumbres Borrascosas. Sin embargo, al subir después de comer, (como entre las doce y la una porque el ama de llaves, una matrona que tomé con la casa como una parte más del mobiliario, no pudo, o no quiso, comprender mi demanda de que se me sirviera a las cinco), al subir las escaleras con esa perezosa intención y entrar en el estudio, vi a una criada de rodillas, rodeada de escobas y de cubos de carbón que levantaba un polvo infernal apagando las llamas con montones de ceniza. Este espectáculo me echó para atrás de inmediato, cogí el sombrero y, después de caminar cuatro millas, llegué a la verja del jardín de Heathcliff justo a tiempo de escapar a los primeros y leves copos de una nevada.

En aquella inhóspita cima la tierra estaba endurecida por una helada sin escarcha, y el aire hacía tiritar todos mis miembros. Como era incapaz de quitar la cadena, salté por encima y, corriendo por el camino enlosado al que bordeaban desperdigados arbustos de grosella, llamé en vano para que me abrieran, hasta que me escocían los nudillos y ladraron los perros.


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