Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas La nieve empezó a espesar. Cogà el picaporte para intentarlo una vez más, cuando un joven sin chaqueta y con una horca al hombro, apareció en el patio por detrás. Me gritó que le siguiera y, después de atravesar un lavadero y una zona enlosada donde habÃa una carbonera, una bomba y un palomar, llegamos por fin a la enorme sala, caliente y alegre en la que me habÃan recibido la vez anterior. Brillaba acogedoramente al resplandor de un inmenso fuego alimentado de carbón, turba y leña, y cerca de la mesa preparada para una abundante cena, me encantó ver a la «señora», persona cuya existencia no habÃa sospechado hasta entonces.
Saludé con una inclinación y esperé, pensando que me invitarÃa a tomar asiento. Me miró recostándose en su silla, y permaneció inmóvil y muda.
—¡Un tiempo horrible! —observé—. Me temo, señora Heathcliff, que la puerta pague las consecuencias de la lentitud con que atienden sus criados. Me costó mucho trabajo hacerme oÃr.
No despegó los labios. La miré fijamente… ella me miró también, en todo caso tenÃa los ojos fijos en mà de una manera frÃa e indiferente que resultaba sumamente embarazosa y desagradable.
—Siéntese —dijo el joven con rudeza—. Vendrá enseguida.
ObedecÃ, carraspeé, y llamé a la malvada Juno, que se dignó, en esta segunda visita, mover la punta del rabo en señal de que me reconocÃa.