Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¡Hermoso animal! —comencé de nuevo—. ¿Piensa usted desprenderse de las crÃas, señora?
—No son mÃas —dijo la amable anfitriona de una manera aún más repelente de la que hubiera respondido el propio Heathcliff.
—Ah, ¿sus favoritos están entre ésos? —continué, volviéndome hacia un oscuro almohadón lleno de algo parecido a unos gatos.
—¡Qué gusto más raro para favoritos! —observó ella desdeñosamente.
Por desgracia, se trataba de un montón de conejos muertos. Carraspeé una vez más y me acerqué al fuego repitiendo mi comentario sobre la crudeza de la tarde.
—No debÃa usted haber salido —dijo ella, levantándose y alcanzando de la repisa de la chimenea dos de los botes pintados.