Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Antes su posición se encontraba resguardada de la luz, ahora tuve una visión clara de su semblante y de toda su figura. Era esbelta y aparentemente apenas habÃa pasado la adolescencia. PoseÃa una figura admirable y la carita más preciosa que haya tenido jamás el placer de contemplar; facciones menudas y muy finas; rizos rubios, o más bien dorados, caÃan sueltos sobre su delicado cuello; y los ojos, de haber tenido una expresión agradable, hubieran resultado irresistibles. Por fortuna para mi vulnerable corazón, el único sentimiento que expresaban andaba entre el desprecio y una especie de desesperación, algo especialmente antinatural para encontrarse allÃ.
Los botes estaban casi fuera de su alcance. Hice ademán de ayudarla. Se volvió hacia mà como se hubiera vuelto un avaro si alguien intentara ayudarle a contar su oro:
—No necesito su ayuda —saltó—. Los puedo coger yo sola.
—¡Perdone! —me apresuré a responder.
—¿Está usted invitado al té? —preguntó, atándose un delantal sobre su cuidado vestido negro y quedándose de pie con una cucharada de hojas dispuesta sobre la tetera.
—Me encantará tomar una taza —respondÃ.
—¿Está usted invitado? —repitió.