Cumbres Borrascosas

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—No —dije medio sonriendo—. Usted es la persona apropiada para invitarme.

Echó de nuevo el té, con cuchara y todo, en el bote, y volvió a su silla toda enfurruñada. Frunció el ceño y sacó el sonrosado labio inferior como un niño a punto de llorar.

Mientras tanto, el joven se había echado encima una chaqueta muy raída e, irguiéndose delante del fuego, me miraba de reojo por encima del hombro igual que si hubiera alguna mortal inquina sin vengar entre nosotros. Empecé a dudar si sería un criado o no. Tanto su indumentaria como su forma de hablar eran rudas, y carecía por completo de la superioridad perceptible en el señor y la señora Heathcliff; los abundantes rizos castaños eran bastos y descuidados, las patillas le invadían la cara a modo de barba, y tenía las manos curtidas como las de un labrador cualquiera. No obstante, su porte era desenvuelto, casi altanero, y no mostraba la menor diligencia de un criado en atender a la señora de la casa. A falta de pruebas claras de su condición, consideré mejor abstenerme de reparar en su extraña conducta, y cinco minutos después la entrada de Heathcliff me alivió, en cierta medida, de mi incómoda situación.

—Ya ve usted, señor, ¡he venido según le prometí! —exclamé haciéndome el alegre—. Y me temo que el tiempo me retendrá media hora, si puede darme refugio durante ese rato.


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