Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Algo más de lo que tú has pensado en mà —murmuró—. Me enteré de tu matrimonio, Cathy, no hace mucho, y mientras esperaba abajo en el patio medité este plan: sólo vislumbrar tu rostro, una mirada de sorpresa, quizá, y de fingida alegrÃa, después arreglar las cuentas con Hindley, y luego adelantarme a la ley ejecutándome a mà mismo. Tu bienvenida me ha quitado estas ideas de la cabeza, pero ten cuidado de no recibirme de otro modo la próxima vez. No, no me echarás de nuevo. ¿Estuviste muy triste pensando en mÃ, verdad? Bueno, habÃa motivos. He luchado amargamente en la vida desde que oà tu voz por última vez, ¡y tienes que perdonarme porque luché sólo por ti!
—Catherine, si no quieres que tomemos el té frÃo, por favor, acércate a la mesa —interrumpió Linton, esforzándose en mantener su tono habitual y el debido grado de educación—. El señor Heathcliff tendrá mucho que andar, donde quiera que se aloje esta noche, y yo tengo sed.
Ocupó ella su sitio ante la tetera. La señorita Isabella entró, llamada por la campanilla, y luego, habiéndoles acercado las sillas, salà de la habitación. La colación apenas duró diez minutos. La taza de Catherine no se llenó nunca, no podÃa comer ni beber. Edgar habÃa derramado el té en su platillo y apenas bebió un sorbo. Su invitado no prolongó su visita aquella tarde más de una hora. Le pregunté al salir si iba a Gimmerton.