Cumbres Borrascosas

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—Buena noticia. La señorita Catherine y yo nos trasladamos a la Granja de los Tordos y, para mi grata sorpresa, se portó infinitamente mejor de lo que me hubiera atrevido a esperar. Parecía estar casi más que enamorada del señor Linton, y hasta a su hermana le mostraba gran afecto. Cierto que los dos estaban muy atentos al bienestar de Catherine. No era el espino que se inclinaba hacia las madreselvas, sino las madreselvas las que abrazaban al espino. No había mutuas concesiones. Una estaba erguida y los otros cedían. Y ¿quién puede ser mala persona, o tener mal genio, cuando no encuentra ni oposición, ni indiferencia? Observaré que el señor Linton tenía un arraigado miedo a excitar su mal humor. Lo ocultaba delante de ella, pero si alguna vez me oía contestar con sequedad, o veía a cualquier otro criado poner mala cara a alguna de sus órdenes autoritarias, él mostraba su disgusto con un ceño de desagrado que nunca oscurecía su rostro cuando se trataba de sí mismo. Muchas veces me habló seriamente sobre mi insolencia y aseguró que una puñalada no le haría más daño que ver a su mujer enojada. Para no herir a un amo tan bueno, aprendí a ser menos susceptible y, durante medio año, la pólvora fue tan inofensiva como la arena, porque ningún fuego se acercó a ella para hacerla explotar. Catherine tenía de cuando en cuando épocas de melancolía y silencio. Su marido las respetaba con callada comprensión, achacándolas a un cambio en su naturaleza producido por su grave enfermedad, puesto que antes no se había visto nunca sometida a la depresión. La vuelta de la luz del sol era bienvenida con una respuesta luminosa también por parte de él. Creo que puedo asegurar que estaban en posesión de una profunda y creciente felicidad.


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