Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¿Para qué alaba a Heathcliff delante de él? —respond×. De niños se tenÃan una aversión mutua, y Heathcliff detestarÃa de la misma manera oÃr alabanzas de Linton. Asà es la naturaleza humana. No mencione a Heathcliff al señor Linton a no ser que quiera que se peleen abiertamente.
—Pero ¿no demuestra eso una gran debilidad? —continuó ella—. Yo no soy envidiosa. Nunca me siento dolida por el brillo del pelo rubio de Isabella, o por la blancura de su cutis, o su delicada elegancia, ni por el cariño que toda la familia le profesa. Hasta tú, Nelly, si alguna vez discutimos, enseguida te pones de su parte, y yo cedo, como una madre tonta, le llamo cariño y la halago hasta ponerla de buen humor. A su hermano le gusta vernos en buenas relaciones, y eso me satisface. Pero los dos son iguales. Son niños mimados que se figuran que el mundo se ha hecho para su conveniencia y, aunque les doy gusto, creo que un buen castigo les mejorarÃa de todas formas.
—Está equivocada, señora Linton —dije—. Son ellos los que la contemplan. Sé lo que sucederÃa si no lo hiciesen. Bien puede usted satisfacerles en sus caprichos pasajeros, mientras la ocupación de ellos consista en anticiparse a sus deseos. Puede que se tropiecen algún dÃa con algo de igual importancia para ambas partes. Entonces ésos que llama débiles son capaces de ser tan testarudos como usted.